PRIMER PREMIO PROSA
Título: LA LLAMADA
Autor: LUISA DIEZ-CANEDO ARENAS
Sonó el teléfono, cuando ella casi terminaba la novela que estaba leyendo. A aquella hora normalmente ya estaba acostada, pero las ganas de continuar la lectura la habían mantenido despierta. Se estremeció, pensando que no eran horas de llamar y que debía de ser algo urgente. Su hijo estaba de viaje, uno de los tantos que constantemente hacía. Ya desde pequeño había sentido fascinación por la geografía y los países, su mayor distracción había sido coleccionar banderas y jugar a colocarlas en los mapas. Este afán por viajar y de forma poco convencional, a ella le producía una gran angustia, sobretodo porque no lo entendía, ella pensaba que era importante ejercer el control sobre las situaciones. Siempre había sentido un autentico horror por las sorpresas.
Con aprensión descolgó el teléfono, preparándose para recibir una mala noticia. Durante unos segundos, nadie dijo nada, hasta que preguntó nerviosa:
- ¿Quién es?- al otro lado de la línea se oía un murmullo de voces lejanas, como el ruido de fondo de un local nocturno- ¿Qué ha pasado? ¿Con quién hablo?- Comenzaba a temblar descontroladamente y un sudor frío le recorría ya la espalda.
- No sé si me he equivocado- respondió una voz cordial y educada- llamaba porque he visto anunciado que ustedes venden un coche.
- Si, si- dijo ella, sintiendo que podía volver a vivir- es un utilitario casi nuevo, tiene muy pocos kilómetros y además siempre se ha guardado en garaje.
- Pues si le parece bien, me gustaría verlo.
- Déjeme su teléfono y le llamaré para decirle cuando se lo puedo enseñar.
Al colgar el teléfono, le entró una risa histérica. De repente se sentía con energía renovada, le parecía que se había librado de la peor noticia que le podían dar en su vida. Se acostó pensando en su hijo, en que hacía días que no hablaba con él, y se dijo que sin falta le llamaría a primera hora del día siguiente, para que le explicara cómo iba el viaje.
No volvió a pensar en aquella llamada hasta que al cabo de unos días, su vecina le preguntó, si había conseguido ya vender el coche. Fue entonces cuando se dio cuenta de que aún no había programado la cita.
Le costó contactar con el comprador, cuatro veces había saltado el contestador, pero nunca había querido dejar un mensaje, ya que si lo hacía, quedaba pendiente de otra llamada y lo que pretendía era terminar cuanto antes con la cuestión de la venta del coche. En estos momentos, no podía dedicar mucho tiempo a asuntos ajenos a su trabajo, el curso estaba terminando y tenía montañas de exámenes por corregir, informes por hacer, reuniones por preparar…
Le daba un poco de pena venderlo, pero dentro de unos meses se jubilaría, y lo utilizaba casi exclusivamente para ir al trabajo. Además estaba en una época de su vida en la que necesitaba soltar lastre y deshacerse de las cosas materiales que le ataban.
Hacía muy poco había conseguido deshacerse de la ropa de su amado marido. Durante muchos años la había guardado en el armario, porque a veces, cuando le echaba mucho de menos, lo abría y enterraba la cabeza entre ella para volver a encontrar su olor. Sus amigas, cuando lo supieron se quedaron escandalizadas, le dijeron que lo que tenía que hacer era dejar que el difunto se fuera y finalmente le convencieron, no sin dificultades, para que se desprendiera de toda la ropa y la diera a la beneficencia.
Cuando le preguntó a su hijo si le parecía bien, este se sorprendió al enterarse de que después de tantos años aún la conservara y para que a ella le resultara más fácil, él se quedó con algunas prendas que le gustaban y que seguramente podría ponerse.
En una de las llamadas que hizo al comprador, este finalmente cogió el teléfono y pudieron quedar para verse una tarde a las siete delante de la puerta del garaje. Ella, sin saber el porqué, estaba nerviosa, le inquietaba el encuentro. Aquella voz cálida y cordial… le inducía a imaginar el aspecto del hombre, su edad, su profesión…
Hacia las siete de la tarde, el sol del atardecer daba directamente sobre la puerta del garaje. Ella, deslumbrada, miraba sin ver la calle, por la que suponía debería llegar el hombre. De repente, este se plantó delante de ella, y al ocultar con su cuerpo la luz del atardecer, pudo ver lo que resultó ser una auténtica aparición.
Ni un segundo tardó en reconocerlo y en darse cuenta de que siempre lo había echado de menos. Sus recuerdos volvieron de repente al presente y la envolvieron con la dulzura de volverlo a encontrar. En ese mismo momento entendió el nerviosismo que había sentido durante toda la tarde a la espera de la entrevista.
Comprendió, que sin ser consciente, había identificado la voz, que se le había pegado por dentro y que cuando ella creía que imaginaba en realidad lo que hacía era recordar el aspecto de alguien a quien conocía muy bien.
Ella pensaba que el azar había jugado a reunirlos de nuevo, pero se equivocaba. Ambos se fundieron en un largo y cálido abrazo al tiempo que ella reprimía unos deseos infinitos de romperse en un llanto nervioso, nostálgico y amargo al mismo tiempo. No era capaz de definir las emociones que en ese momento la embargaban. También sentía algo de vergüenza, apenas se había arreglado para acudir a la cita y temía que él la viera muy envejecida. Cuando se conocieron ella era joven y atractiva, y ahora su cuerpo se había modificado por los años, pero también se equivocaba.
Al mirarse a los ojos, ella desconcertada, descubrió que para él no había sido una sorpresa, que estaba preparado para el encuentro. Insegura, no sabía si hablar de la venta del coche o de sus sentimientos.
El, la miraba y sonreía mientras le explicaba que durante todos estos años la había seguido amando desde lejos, sin atreverse a decir nada. Que había aprovechado la venta del coche para volver a oír su voz y que después de la primera llamada había tenido miedo de que ella le reconociera y no lo quisiera volver a ver.
Ella escuchaba todas estas explicaciones sin saber que pensar. Sentía desconfianza, él había jugado con ventaja. No entendía la razón por la que durante todos estos años no había intentado ponerse en contacto.
La cabeza le daba mil vueltas. La cara sonriente de él se le representaba repetida en las caras de un poliedro dando vueltas a su alrededor. Volvió a sentir sus besos, sus encuentros clandestinos y apasionados, sus desvelos por saber que no podían ser felices. Recordó la amistad de él con su marido, sus confidencias, que después le explicaban a ella. Los riesgos absurdos que corrían jugando con dobles sentidos delante del ingenuo marido. Recordó la enfermedad, las noches en vela y la urgencia de su marido en tenerla cerca y de cómo el sufrimiento había espantado al amante y la había dejado sola en el desconsuelo. Rememoró como ella se había empeñado en hacer gratos los últimos meses de vida de su marido, y de que durante ese corto periodo de tiempo, como en una carrera de obstáculos, había aprendido a amarlo como nunca antes lo había hecho.
Todos estos flases le llegaron a ella en ese momento, y antes de que el sol de la tarde terminara de ocultarse, ella le dio la espalda y alejándose le dijo que ya no estaba interesada en vender su coche.