FINALISTA PROSA
Título: 55 DÍAS EN PEKÍN
Autor: CARLOS BECERRA VILLAR
Soy uno de los bóxer que asaltan la fortaleza occidental en “55 días en Pekín” y uno de los pocos figurantes que, de creer a algunos mentideros y críticos de cine, no se acostó con Ava Gardner, aunque ésta estuviera ya un poquito ajada y entradita en carnes. No hablo de El Fary. El Fary reconoció haberla acompañado a todos los garitos de Madrid, pero también que la única rosca que se comió fue el volante de su taxi, seguramente uno de aquellos 1400 que duraban una eternidad.
He recordado ese momento al saber por otro quinto que el brigada Cáceres apenas sobrevivió unos meses a nuestro licenciamiento. Aquel hombre enjuto, cuya forma de andar, firme y desenvuelta, le hacía parecer más alto de lo que era en realidad, llegaba a la cantina, pedía dos soberanos y dos vasos de agua y se los metía de un trago entre pecho y espalda. Yo era uno de los cantineros que atendía a los suboficiales por las mañanas y la de la tropa por las tardes, cuando el cuartel se convertía en un revoltijo de soldados de remplazo a la busca de un cubata que echarse a la boca. Había declarado que trabajaba en un bar de la Costa Brava y los mandos no se lo pensaron dos veces. Me dijeron que el oficio me iba a librar de más de una guardia e instrucción y tampoco dudé demasiado. No sabía si aquella iba a ser mi profesión de por vida, ya que hasta entonces servía cuba libres y gin tonics de garrafón solo porque me gustaban la música y las mujeres. Éstas se daban mejor en verano. La barra era un escaparate al que se asomaban las primeras extranjeras que viajaban solas. Buscaban hombres exóticos como nosotros, morenos, con patillas, atrevidos, paletos aprendiendo a follar pero capaces de pasar la noche en vela, satisfaciéndolas.
En invierno, cuando parecía que el paseo, las calles, los hostales perdían luz y algarabía, el pub solo abría los fines de semana. Los lugareños merodeaban tintineando el vaso largo como si fueran ejecutivos ciudadanos y, salvo algún bohemio despistado, no quedaba ningún turista en el pueblo. Ya más bien tarde, cuando el exceso de alcohol hacía que todo fuera igual, el dueño me dejaba ocupar su puesto y yo ponía discos de Sam Cooke, Chuck Berry, Los Platters…Recuerdo mejor esas noches de invierno imitando a Chuck Berry, dando saltitos con una guitarra virtual por el escenario, que las que dediqué a descubrir una suerte de curso intensivo de kama sutra.
La barra de la cantina de suboficiales no tenía nada que ver con aquel mundo de aventura para un chaval de veinte años con ganas de comerse el mundo. Requería tragaderas y kilos de discreción. Tras una o varias copas los militares largaban más de la cuenta, despotricaban de los oficiales, juraban, perjuraban, conspiraban, urdían negocietes y prebendas de muros adentro del cuartel o entre las fuerzas vivas de aquel pueblo cercano a la capital.
Una mañana, tras cascarse los dos coñacs de rigor en un santiamén, el brigada Cáceres nos comentó que en Las Matas habían empezado a rodar una película y necesitaban figurantes. Nos dijo que tenía cierta experiencia porque había participado en otro film histórico, “El Cid”, cuando estaba destinado en Castellón. Yo no podía apuntarme como fijo por culpa de los turnos de las cantinas, pero el brigada, que gracias a un contacto tenía la dirección de una cuadrilla, consiguió que me colara hasta tres veces los días que libraba. Fue una experiencia parecida a las maniobras que había vivido antes de entrar a servir en el bar. Lo que en palabras del capitán era un supuesto táctico regular, resultaba para mí un caos irrisible. Me recordaba a mí mismo escondido detrás de un matojal, partido de risa porque no encontraba a ninguno de los componentes de mi sección, perdidos y entremezclados con gente de otras compañías; el cabo primero gritando como un loco, intentando reagruparnos; y los carros de combate, que se supone debíamos acompañar, a su puto aire. En este caso formábamos parte de una muchedumbre de chinos fanáticos que se movían sin orden ni concierto delante de varias cámaras. Nicholas Ray, el director del film, fue capaz de ordenar el caos y convertirlo en una decente película de aventuras, pero Las Matas no dejaba de ser un escenario de cartón piedra. Aunque las guerras son un espectáculo carnicero y no tramoya, su lectura oficial suele ser parecida. Según esa interpretación los bandos contendientes están formados por hombres generosos e idealistas que defienden valores nobles. Guerrean a las órdenes de estrategas concienzudos que pasan las noches en vela organizando ofensivas o movimientos envolventes sobre un mapa de escala 1:50000, y las batallas son reproducidas en los libros como apasionantes partidas de ajedrez. Todo es mentira, como la ciudad prohibida de Pekín que Samuel Bronston, un familiar lejano de Trotski, había hecho reconstruir a las afueras de Madrid.
Esa película es el primer recuerdo que conservo del brigada y a él asocio mi imagen de bóxer berreando entre una muchedumbre de energúmenos. Cáceres era sin duda un hombre de bares, un bebedor cuyos mejores amigos eran barman dispuestos a escuchar confesiones y maledicencias, bienes y males, tristezas y alegrías, y no nos engañemos, principalmente estupideces, como psicoanalistas sin otra preparación que las horas de vuelo y cierta facilidad para poner el hombro o hacer oídos sordos. Se sabía poco del dolor que enfermaba su corazón. Se decía que había enterrado a una hija de dos años y que desde entonces no hubo alcohol capaz de curar una herida que no se terminaba de cerrar, que su mujer había escapado al derrumbe y las botellas eran desde entonces su mejor compañía, pero era un lobo solitario de tan pocas palabras que nadie conocía su verdad. Lo curioso es que el brigada Cáceres era, con todo, un buen militar. Pese a aquellos tremebundos copazos de coñac, casi en ayunas, aguantaba como un cosaco y no se le notaban. Además, era bueno mandando, seguramente porque se hacía respetar y respetaba, algo inusual entre militares reenganchados cuyo mayor mérito de mando era la procacidad o el insulto, y en todo el tiempo que duró la mili solo en una ocasión tuvo un incidente de gravedad por la bebida mientras estaba de servicio.
Fue al poco tiempo de que yo fuera destinado a la cantina. Sabíamos que cuando el brigada comandaba la guardia permanecía abstemio, sin probar ni gota de alcohol. Apenas acabábamos de abrir el local cuando oímos movimiento junto al despacho del suboficial. La cantina estaba cerca del cuerpo de guardia, de modo que salimos para ver qué ocurría y vimos al brigada caído en el suelo, atendido por un cabo primero que estudiaba tercero de medicina. Su cuerpo se movía como si sufriera un ataque epiléptico, con grandes convulsiones, impregnado de un fétido sudor frío. Estaba sufriendo un delirium tremens, la consecuencia del periodo de abstinencia alcohólica que había seguido en las veinticuatro horas de guardia. Le tapamos con una manta hasta que el cabo primero pudo suministrarle un tranquilizante y conseguir un jeep para trasladarle con urgencia al hospital más cercano.
El episodio fue motivo de todo tipo de comentarios y murmuraciones entre la tropa común, aunque parecía mayoritario el reconocimiento del sacrificio que suponía su abstinencia. También hubo quien decía que había que echar del ejército a aquel borracho. Entre ellos uno de los suboficiales, el sargento Patiño, un chusquero en toda la extensión de la palabra, maleducado y presuntuoso, además de uno de los que tenían más fama de chanchullero. Patiño escudriñaba el currículum profesional de los acuartelados y echaba mano de sus habilidades para ahorrarse gastos personales. Era sabido que había reformado su piso con albañiles, fontaneros, pintores y electricistas de reemplazo, y al cabo primero Beltrán, el estudiante de medicina, lo tenía aburrido pidiéndole consejos y favores para su mujer y sus tres hijos. Brigada y sargento se tenían ganas. En mayo de 1963, cuando en mi calendario militar quedaban poco más de treinta días sin tachar, los Beatles consiguieron su primer número uno con “From me to you”. Ese mismo fin de semana Miguel Barcenilla, uno de mis compañeros de cantina, compró el disco de cuatro canciones y lo puso una y otra vez en el microsurco de maleta que nos habían dejado instalar en el almacén. Cuando el sargento Patiño oyó el disco mientras se tomaba un jerez en un rincón de la barra con otros tres suboficiales se dirigió a mí y me dijo a voz en grito: ¿qué pasa, que además de catalán eres maricón? ¡quita esa mierda, “catalán”!
No me ofendía que me llamaran “el catalán” aunque tuviera un léxico muy limitado, “bon día”, “adeu siau”, “traveta”, “petó”, “fill de puta”, “mocador”*, siempre guturalizando las vocales fuertes; aunque mis padres fueran de un pequeño pueblo de Almería y hubieran llegado al Ampurdán con una mano delante y otra detrás; aunque lo pretendiera aquel tipo con la cara picada por la viruela y una manojo de pelos intentando tapar el cráneo enorme de un simio poco desarrollado creyendo que lo hacía. Lo que me jodía era la humillación, no poder contestarle. No digo ya defenderme, saltar la barra para degollarle con un cuchillo de cocina y arruinarme la vida. Sólo contestarle. Así que me callé. Desde la otra punta del mostrador el brigada Cáceres pareció agrandar su figura, fortalecer su voz de barítono y, sin gritar, sentenció: deja en paz al chaval, Patiño. Si no les respetamos, ellos no nos respetarán.
Como si su mirada fija y su voz firme le acojonaran, el sargento solo se atrevió a iniciar un gesto de desacuerdo y se dio la vuelta como intentando aparentar que no le había afectado. Cuando salió de la cantina sin despedirse, el brigada me pidió otra cerveza y me dijo en voz baja: estate tranquilo, chaval, pero otra vez ponle una canción de Pepe Pinto.
Creo que fue la última vez que me dirigió la palabra. A los tres días supimos que había sido arrestado. El motivo aducido es que se le encontró borracho mientras estaba en el cuerpo de guardia, algo que no se ajustaba a la experiencia que habíamos vivido unos meses antes y que “radio macuto”, el medio de comunicación oficioso de la tropa, se encargó pronto de desmentir. Todas las sospechas recaían en la denuncia que al parecer se había atrevido a plantear al mismísimo coronel por un asunto más que sabido: la sustracción de fondos por algunos oficiales y suboficiales corruptos.
Era cosa corriente que se dieran permisos para mejorar la comida de la tropa. Con un porcentaje más o menos alto de los soldados de permiso, esa parte del gasto dedicado al rancho se podía repartir, y así mejorar su cantidad y calidad. Dependiendo de quiénes fueran los encargados, al tratarse de una actividad rotatoria, el remanente también se usaba para comprar cosas para la tropa: futbolines, mesas de ping-pon, balones y vestuario deportivo en general… Se trataba de una actividad consentida en la mayoría de centros militares, que habitualmente servía para cambiar las condiciones de vida de los subordinados y algunas para engordar los bolsillos de sus responsables.
El caso es que el brigada Cáceres venía observando que los permisos se multiplicaban exponencialmente en los últimos tiempos. Algunos días las compañías solo disponían de la mitad de sus efectivos, y la instrucción y las actividades normales se efectuaban en condiciones precarias. Cuando intentó saber el motivo preguntándole al teniente de la compañía, este le vino a decir que él estaba allí para obedecer y no para hacer preguntas, así que en el momento en que la rotación le llevó a hacerse cargo del comedor de tropa, el mismo teniente le insinuó que dejara pasar su turno, cosa que no hizo.
* Buen día, id con Dios, zancadilla, beso, hijo de puta, pañuelo
Con la mosca detrás de la oreja Cáceres empezó a repasar la contabilidad del último año cotejando apuntes con los proveedores y el número de permisos con los partes diarios de novedades. Era evidente que estos no coincidían para nada con los gastos declarados para la compra de víveres, pero también que el número de albaranes falsos superaba las tres centenas. Pensó que el fraude podía darse en otras partidas, ropa, gasolina, productos de limpieza y mantenimiento, etcétera, y con la certeza de que el teniente no le iba a hacer ni caso, creyó llegado el momento de recurrir a instancias superiores. Cometió un gran error. El ejército es siempre una estructura muy jerarquizada, en la que las órdenes y demandas, sean en un sentido o en otro, y más en aquellos tiempos, se daban por riguroso escalafón. Cáceres se saltó varias escalas y seguramente recurrió al zorro con la idea de que era la persona idónea para cuidar las gallinas. El coronel le arrestó, le suspendió de empleo, y le amenazó con abrirle un expediente disciplinario por desacato.
De todo ello me enteré cuando ya preparaba el petate con “la blanca”, así llamábamos a la cartilla de licenciamiento, en el bolsillo. Tampoco había mucho que hacer. Cualquier intento de establecer alguna forma de protesta hubiera comportado retrasar nuestra vuelta a casa, y ni yo ni nadie tuvo el coraje de jugarse un gramo de su pellejo.
Mi último recuerdo de la mili es la imagen de los estudios CEA de la avenida de América, que aún competían con los que regentaba Bronston, desde la ventanilla del autocar de línea que me devuelve a la vida civil. También recuerdo que llovía torrencialmente y que al atravesar un paso de peatones el autocar pisó un gran charco y dejó empapados a varios transeúntes. Mi compañero de asiento, otro quinto recién licenciado, se volvió hacia a mí, se echó a reír, y creo que no paramos de hacerlo hasta que pasamos Guadalajara. Supongo que era fruto de la euforia del momento, que interpretábamos como de recuperación de la libertad.
Habíamos acabado la mili el día anterior y prometido que nuestra amistad perduraría. Nos habíamos dado la dirección y el teléfono para volver a vernos, pero no fue así. Alguna vez me he encontrado casualmente con compañeros de camareta o compañía, pero pronto nos dábamos cuenta de que no teníamos mucho de qué hablar. Tengo un recuerdo especial de mi encuentro con el turuta López en un viaje que hice a Madrid por motivos de trabajo. No me sorprendió que tocara la trompeta en el café Central, porque cuando entraba de semana el toque de silencio me ponía los pelos de punta. Nos tomamos un par de güisquis y nos prometimos mutuamente que nos volveríamos a ver pero tampoco lo cumplimos. Durante un tiempo enviaba una postal por navidades a los más allegados, hasta que empezaron a devolverlas, seguramente porque habían cambiado de domicilio. Yo también lo hice años después y no volví a recibir correo ni llamada telefónica alguna. Cambiar de casa fue de algún modo como cambiar de vida.
El servicio militar duraba unos doce meses, pero en un espacio tan cerrado y rígido, en el que hasta la gestualidad venía limitada por el escalafón, los días parecían semanas, las semanas meses y los meses años. No creo que haya habido una etapa de mi vida tan lenta como aquella. Algo parecido pasaba con los odios, los afectos, las traiciones y fidelidades, exageradas, casi ridículas. Hace más de cincuenta años que acabé la mili y todavía sueño a menudo que llego tarde al cuartel, con ropa civil, el pelo largo, zapatillas de jugar a básquet, que me arrestan durante meses y no termino de licenciarme, que Ava Gardner me pide fuego con su mirada verde y soy un bóxer que cae muerto junto a un río de color chocolate. Siempre que han programado “55 días en Pekín” por la televisión les he repetido a mi mujer y a mis hijos que yo soy uno de esos chinos asalvajados que corren como pichones dispuestos a ser acribillados por un puñado de occidentales, porque en algunas escenas marchan hacia ninguna parte chillando como autómatas imbéciles. Yo lo hice solo tres días, pero creo que fueron los más divertidos de aquella etapa sórdida.
Hace unas semanas el doctor Barcenilla, un joven urólogo, me diagnosticó un cáncer de próstata. Aunque tras nombrar la palabra maldita siguió hablando por unos minutos fui incapaz de oír nada más. Me quedé sordo, mudo, paralítico. Solo cuando concluyó unas explicaciones que supongo ha repetido cientos de veces, operación quirúrgica, quimio y radioterapia, el típico protocolo, le dije que en la mili compartí barra y litera con un tal Miguel Barcenilla. Me dijo que su padre se llamaba Miguel, y al decirme la edad y su procedencia, un pueblo de la provincia de Valladolid, tuve la certeza de que era mi compañero de cantina. Intercambiamos números de móvil y le pedí que le dijera que en unos días le telefoneaba. No era el mejor momento, así que incumplí mi promesa y pasaron varias semanas. Cuando volví a la consulta tras la operación, el hijo de Barcenilla me dijo que a su padre le había hecho mucha ilusión reencontrarme y que esperaba mi llamada. Lo hice al llegar a casa con el calendario del tratamiento.
No tardé ni cinco minutos en contarle mi vida, una relación más o menos narrada del registro civil: matrimonios, nacimientos, defunciones. Nada especial. Después fuimos recordando a compañeros de mili. Barcenilla parecía haber mantenido un contacto más prolongado con algunos de ellos. La mayoría había seguido una vida gris, parecida a la nuestra. Todos nos habíamos matado a trabajar, y ahora cobrábamos una pensión apañadita que nos permitía apuntarnos a dos o tres excursiones de la tercera edad al año, pero ninguno de ellos era premio Nobel, ni ex – deportista, actor, o simplemente famoso. El mismo López dejó el jazz porque no daba para comer, y hasta su jubilación compatibilizó el oficio de barrendero en el ayuntamiento de Madrid con bolos con una orquestina en bodas y fiestas de pueblo.
Cuando le pregunté por el brigada, le extrañó que no supiera que había aparecido muerto pocos meses después de nuestro licenciamiento.
¿Pero qué le pasó? - le dije.
Hubo una versión oficial y otra oficiosa - me contestó - La oficial es que se le disparó la pistola mientras la limpiaba. La oficiosa es que se pegó un tiro. Yo no me creí ninguna de las dos. Por cierto, no se llamaba Cáceres. Le llamaban así porque había nacido en una aldea de la provincia. Su verdadero apellido era Montero.
Me parecía mentira que, ahora que mi futuro parecía tener plazo fijo, le hubiera sobrevivido cincuenta años. Aunque en todo ese tiempo le había recordado en ocasiones y me preguntaba qué habría sido de él, nunca pensé que pudiera tener un final así. Seguramente me hacía trampas a mí mismo para que la conciencia no me remordiera. Nadie movió un dedo en todo el cuartel porque queríamos creer que solo se trataba de un episodio transitorio. Al fin y al cabo, pensaba, nuestra presencia en ese mundo de camaretas, cetmes, barboquejos, furrieles, un vocabulario fantasmal, casi olvidado, era también transitorio, una pesadilla pasajera. Hasta el nombre por el que nos conocíamos y tratábamos era casi siempre un apodo que hacía referencia a nuestro origen.
Tampoco Nicholas Ray se llamaba así ni tuvo mejor suerte que el brigada. El alcohol pudo con aquel tipo de aspecto duro que acabó tapando su ojo derecho con un parche de pirata malo. “55 días en Pekín” fue su última película.